El Rumor del Motor Propio

Imagen de un Renault Alliance 1982, generada por ChatGPT 4o.


Primer momento: La meta que parecía lejana

Hijo, hay días en los que uno se despierta con una idea fija en la cabeza, como una nota sostenida que no deja de sonar. En mi caso, esa nota era un coche. No por lujo ni vanidad —aunque debo confesarte que sí soñaba con la libertad de recorrer la ciudad sin depender del transporte público ni de horarios ajenos—, sino por lo que significaba: independencia, logro, un paso firme hacia la adultez.

Era el año de 1992. Yo trabajaba entonces con un compañero al que todos llamaban Juanito. Él tenía un Renault Alliance Coupé, gris plata, de líneas sencillas pero con un encanto difícil de explicar. No era un coche nuevo, ni mucho menos moderno. Pero cada vez que lo veía llegar al trabajo, estacionarse con suavidad, apagar el motor y bajarse con ese aire de quien tiene control sobre su día… sentía que ese coche tenía algo especial.

Así comenzó la idea. Y como tantas otras cosas en la vida, primero pareció inalcanzable. Tenía algo de dinero ahorrado —no mucho— y un salario que apenas alcanzaba para mis gastos básicos. Pero el deseo persistía. Y más importante aún: empecé a hacer cuentas, a calcular, a recortar gastos innecesarios, a trabajar horas extras. No lo vi como un sacrificio, sino como una prueba. Como esos juegos en los que uno va juntando monedas para llegar al nivel siguiente.

Un día, sin anunciarlo, Juanito me dijo que pensaba vender su coche. Le pregunté cuánto pedía por él. Me dio la cifra: el equivalente, en ese entonces, a unos \$10,000 nuevos pesos. Supe que era el momento. No tenía toda la suma aún, pero él confió en mí. Me dio un plazo corto para completarlo y cumplí. Lo logré con mis propios medios. No pedí prestado. No hubo regalos ni favores. Sólo mis manos, mi tiempo, y esa fuerza interna que uno encuentra cuando tiene un propósito claro.

El día que me entregó las llaves, sentí algo parecido a lo que debe sentir un alpinista al llegar a la cima. No era sólo un coche. Era la prueba tangible de que yo podía. Que era posible transformar esfuerzo en libertad. Que los sueños, incluso los modestos, pueden tener el dulce olor del asiento de vinil y el rumor constante de un motor encendido.

Y así, hijo, fue como comencé a escuchar por primera vez el rumor del motor propio.



Segundo momento: Aprender a conducir sin soltarse del alma

Hijo, uno cree que lo difícil es conseguir el coche. Pero el verdadero aprendizaje empieza después, cuando te sientas por primera vez frente al volante y entiendes que todo ese metal, esa máquina, esa responsabilidad… depende de ti.

Recuerdo esa primera tarde como si la conservara en una caja de cristal. El Renault Alliance Coupé estaba estacionado frente al taller de Juanito. Me entregó los papeles, las llaves y me dio una palmada en el hombro, como si me hubiera pasado una antorcha. Me senté en el asiento del conductor, ajusté los espejos, puse ambas manos sobre el volante… y escuché el silencio que se da antes de encender algo que cambiará tu vida.

Giré la llave. El motor ronroneó. No era un rugido salvaje, sino un sonido contenido, obediente, como si el coche mismo supiera que ahora estaba en nuevas manos. No tardé en darme cuenta de que no bastaba con saber manejar: había que aprender a cuidar, a escuchar, a comprender.

Ese coche no era perfecto. Tenía achaques. A veces costaba que encendiera en frío. Los frenos respondían con cierta timidez y el velocímetro parecía bailar cuando pasaba de los 70. Pero a pesar de eso —o quizá por eso mismo—, desarrollamos una especie de entendimiento. Yo le hablaba con mis cuidados y él me respondía llevándome, sin quejarse, de casa al trabajo, del trabajo a los paseos, y a veces, simplemente a manejar sin rumbo, por el placer de estar en movimiento.

Hubo veces que me detuve en semáforos largos y pensé en todo lo que había dejado de comprar, en las comidas sencillas que preparaba en casa, en los fines de semana sin cine, todo por pagar ese coche. Pero no me pesaba. Al contrario. Saber que estaba ahí gracias a mi empeño lo hacía más valioso. Era como si, al conducirlo, también me condujera a mí mismo.

Y fue en esos trayectos breves, entre semáforos y avenidas, donde empecé a intuir algo que después entendí mejor con los años: que hay objetos que, si se consiguen con esfuerzo, dejan de ser cosas y se vuelven parte de uno. No por lo que valen, sino por lo que dicen de ti.

Así fue, hijo, como aprendí no solo a manejar, sino a reconocerme en cada vuelta del volante, sin soltarme del alma.



Tercer momento: Bajo la tormenta, un refugio con ruedas

Hijo, hay días en los que el cielo se cierra tan de golpe que uno se siente pequeño, indefenso, como si la naturaleza quisiera recordarnos nuestra fragilidad. Aquel día fue así. Íbamos camino de regreso tras una visita a clientes en el Bajío. Tres compañeras del trabajo venían conmigo en el Renault Alliance Coupé, que para entonces ya era mi cómplice de tantas rutas.

Tomamos la carretera hacia San Miguel de Allende, bajo un cielo gris que, como un presagio, se fue oscureciendo más de lo normal. Recuerdo el instante exacto: estábamos justo en el cruce con la autopista, cuando el aguacero cayó como si alguien hubiera volcado el mar entero sobre nosotros. El parabrisas apenas podía con el ritmo de la lluvia, el viento soplaba con furia, y los relámpagos iluminaban fugazmente el interior del coche como escenas de una película.

No podíamos seguir avanzando. La visibilidad era nula, el asfalto se volvió un espejo traicionero, y los demás autos buscaban refugio como podíamos. Así que frené con cuidado, activé las luces intermitentes y nos quedamos ahí, en medio de la tormenta, envueltos en el sonido insistente de las gotas golpeando el techo.

Dentro del coche, la atmósfera era otra. Una de mis compañeras temblaba en silencio, mirando por la ventana con los ojos muy abiertos. Otra, que solía reír de todo, esta vez se encogió en su asiento. Pero la tercera… la tercera empezó a rezar. Lo hizo con una voz suave, pero firme, como quien sabe que a veces, en la vida, hay que pedir ayuda más allá de lo visible.

Y ahí estábamos, los cuatro, apretados dentro de aquel coche que no era nuevo, ni blindado, ni grande. Pero era nuestro escudo. Ni el agua entró, ni el motor se apagó. El Renault resistió. Como un viejo amigo que no se rinde cuando más lo necesitas.

Pasaron casi cuarenta minutos. La tormenta, como todo lo que parece eterno, también terminó. Poco a poco, el cielo fue dejando pasar algo de luz, y los truenos se alejaron. Las manos me dolían de tanto apretar el volante, pero nunca sentí miedo. Porque, de algún modo, ese coche —mi coche— me dio la certeza de que podía mantenernos a salvo.

Aquel día entendí algo más: que hay vehículos que no solo te llevan de un punto a otro. A veces, también te enseñan a tener calma en medio del caos. Y a ser refugio para otros.



Cuarto momento: Venderlo para ver más claro

Hijo, los caminos que uno recorre con el corazón no siempre tienen señales visibles. A veces, las decisiones más importantes se toman no porque uno quiera dejar algo atrás, sino porque hay algo más adelante que necesita ser visto con claridad. Literalmente, en mi caso.

Aquel Renault me había dado tanto. Libertad, orgullo, refugio, historias. Pero con el paso del tiempo, mis ojos ya no veían igual. Miopía y astigmatismo me acompañaban desde la adolescencia, y para entonces ya cargaba con más de cinco dioptrías. Mis lentes eran una extensión de mí, pero también una barrera. Sentía que había llegado el momento de tomar otra decisión importante: operarme los ojos, dejar atrás esa dependencia y, con suerte, ver el mundo con otros ojos… los míos, sin intermediarios.

La operación no era barata. Los ahorros no alcanzaban. Y entonces miré mi coche, como uno mira un viejo libro lleno de notas y páginas dobladas. No lo vi como algo que perdía, sino como algo que podía transformarse una vez más en una herramienta de avance. Así como me había dado movimiento, ahora podía darme visión.

No fue una decisión fácil. Pero lo ofrecí en venta. Y, casi como un gesto simbólico de cierre perfecto, lo vendí por prácticamente la misma cantidad por la que lo compré: unos \$10,000 nuevos pesos. Lo entregué con una mezcla de nostalgia y gratitud, como quien despide a un compañero que cumplió su misión.

El día de la operación, mientras me preparaban en la clínica, recordé los trayectos en aquel Coupé, los caminos recorridos, la lluvia que una vez nos rodeó, y el rugido firme del motor que nunca me falló. Cerré los ojos una última vez con mis lentes puestos, y supe que, al abrirlos, algo sería distinto para siempre.

Porque hay logros que se alcanzan con las manos, otros con el alma… y otros con decisiones que duelen un poco, pero iluminan el camino.

Ese fue, hijo, el día que vendí mi primer coche. No por falta de amor, sino por amor a ver con mis propios ojos todo lo que aún me faltaba por recorrer.



Quinto momento: El eco que queda cuando el motor calla

Hijo, el Renault Alliance Coupé ya no está. No conservo fotos suyas, y quizá si lo viera hoy estacionado en alguna calle, me costaría reconocerlo entre tantos coches más nuevos, más brillantes, más veloces. Pero te aseguro que, si lo escuchara encender, sabría que es él. Porque hay sonidos que se quedan en la memoria como un eco suave, como una promesa que se cumplió.

Hoy quiero contarte todo esto no para hablar de coches, sino para hablar de logros. De esos pequeños triunfos que uno se gana con las propias manos, sin atajos ni aplausos. Comprar ese coche fue una de las primeras veces que sentí que podía cambiar mi mundo con trabajo constante, con paciencia, con cabeza fría y corazón firme.

Y por eso te lo cuento ahora, justo cuando tú estás pensando en comprar tu primer vehículo. No importa si será grande o pequeño, nuevo o usado, elegante o sencillo. Lo que importa —lo que de verdad queda— es que lo consigas con tu propio esfuerzo. Que cada vez que pongas las manos sobre el volante, sientas que es un reflejo de tu camino, no de la ayuda ajena ni del azar.

Con ese coche aprendí a manejar, sí, pero también aprendí a cuidarme, a tomar decisiones difíciles, a proteger a otros en medio de la tormenta, y a ver más claro —en todos los sentidos— gracias a él. Por eso, aunque el motor calló hace mucho, el eco de lo que significó sigue vivo en mí.

Mi deseo para ti, hijo, es que vivas algo parecido. Que tengas la oportunidad de experimentar la satisfacción serena que da conseguir algo por tus propios medios. Que disfrutes el lujo silencioso de lo logrado con dignidad. Y que un día, quizás muchos años después, puedas contarle a alguien más —con una sonrisa honesta— el rumor de tu propio motor.


A Christmas Carol by Charles Dickens

«A Christmas Carol» de Charles Dickens está dividido en cinco capítulos, que el autor llamó «staves» (estrofas), siguiendo una metáfora musical, ya que el título hace referencia a un villancico.

Cada capítulo representa una parte importante de la transformación del protagonista, Ebenezer Scrooge:

  1. Stave One: Marley’s Ghost
    (El fantasma de Marley)
    Introduce a Scrooge y su encuentro con el espíritu de su antiguo socio, Jacob Marley, quien le advierte sobre su destino si no cambia.
  2. Stave Two: The First of the Three Spirits
    (El primero de los tres espíritus)
    Aparece el Fantasma de las Navidades Pasadas, que lleva a Scrooge a revivir momentos significativos de su vida.
  3. Stave Three: The Second of the Three Spirits
    (El segundo de los tres espíritus)
    El Fantasma de las Navidades Presentes muestra a Scrooge cómo la gente celebra la Navidad en ese momento, incluyendo a su empleado Bob Cratchit.
  4. Stave Four: The Last of the Spirits
    (El último de los espíritus)
    Aparece el Fantasma de las Navidades Futuras, quien revela un destino sombrío si Scrooge no cambia.
  5. Stave Five: The End of It
    (El desenlace)
    Scrooge experimenta su transformación y adopta el espíritu navideño, redimiéndose a través de actos de bondad y generosidad.

Esta estructura refuerza el carácter didáctico y emocional de la obra.

Te regalo a continuación, una copia digital de esta obra imperecedera:

«And so, as Tiny Tim observed, God bless Us, Every One !«

Charles Dickens, A Christmas Carol.

La Magia de lo Invisible | Conecta con el Campo Energético Universal

Sabiduría Prohibida – Raúl Torres

Todos los días interactuamos con un gran campo de energía que nos conecta con todo lo que existe, aunque apenas percibimos su presencia. Una intuición inexplicable, un momento sin esfuerzo o una certeza interna ¿Podría ser esto más que casualidad?

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Corales

"Corales: Un viaje de amistad, pérdida y renovación"
Este tríptico representa el ciclo emocional de una relación, desde el nacimiento de una amistad, el duelo por la pérdida y la paz que sigue a la sanación. Creado por ChatGPT, inspirado en el simbolismo del coral.

Corales: Un viaje de amistad, pérdida y renovación
Este tríptico representa el ciclo emocional de una relación, desde el nacimiento de una amistad, el duelo por la pérdida y la paz que sigue a la sanación.

Imagen creada por ChatGPT, inspirado en el simbolismo del coral.

Cántico del Alba

Lo conocía a Él en el trabajo. Aunque éramos de diferentes generaciones, era muy afable, lleno de energía y positivo. Me buscaba a menudo para temas laborales, pero con el tiempo, nuestra relación se fue transformando en una amistad más cercana.

Yo no sé si Él me veía más como su amigo de lo que yo lo veía él como un compañero, al principio.

Aún así en muchas ocasiones en algunos de los momentos más difíciles de mi vida Él fue una mano amiga, un hermano de armas, a veces un mentor, otras veces un discípulo, pero quiero pensar, como Él mismo me decía que primero y antes que muchas cosas éramos amigos. Como parte de esa amistad, Él me contaba o a veces me presumía sus logros, sus conquistas y lo que más apreciaba y valoraba de su vida, los bienes, la posición que había logrado, así como sus relaciones más significativas y su familia.

Aunque nos invitó varias veces a su casa para compartir el pan y la sal, a mi esposa, de esos días, simplemente, no le agradaba, por razones que aún el día de hoy, me eluden, había algo en la relación entre ellos dos, que no era honesto y sincero, así como recíproco, pero en fin supongo que era parte de las dinámicas de relacionamiento de ambos, y ya sea que me gustara o no, yo me encontraba de por medio y a la postre, aún sigo manteniendo mi relación con mi amigo, Bendita sea su memoria.

El tiempo pasó, y con él, las circunstancias nos llevaron a enfrentarnos con la dureza de la pandemia, que fue el inicio de la despedida final.

Requiém de las Sombras

En enero del 2021, en plena pandemia del COVID, fue la última vez que pude platicar con Él, al parecer se había contagiado y estaba padeciendo los efectos ese terrible mal, además del aislamiento social, por el que pasamos esa última ocasión, nos vimos a través de una llamada en una plataforma de videoconferencia, yo no lo veía realmente mal, sin embargo, después de una semana su esposa me dejó saber que Él había fallecido, y por las mismas condiciones, los funerales y presentar la simpatía y respetos a los deudos, era algo impensable.

No fue posible realizar las costumbres y ritos funerarios que tanto ayudan a procesar la pérdida, lo que solo intensificó el vacío que dejó su partida.

Lamenté mucho su partida, la de un extraño que un día se acercó con una mano sincera, extendida, lleno de amistad, por meses y años.

El impacto de su enfermedad no solo se sintió físicamente, sino también en sus últimas interacciones con quienes lo rodeaban.

Después he seguido manteniendo comunicación remota con su viuda y en esas comunicaciones, ella me confió que antes de morir que antes de partir Él le dijo algo a Ella que la lastimó profundamente.

Palabras que, aunque se las llevó el viento, dejaron en su corazón cicatrices profundas, revelando y haciendo aún más intenso el peso del duelo.

Muchas veces yo he buscado, he insistido, en creer en que el bien está en mayor medida en todos y cada uno de nosotros, por lo que, cuando leí lo que me platicó, yo me resistía a creerlo, sin embargo, es posible que el estrés o el daño mental que pudo haber provocado la enfermedad, en los últimos días de mi amigo, lo condujera a comportarse de manera oprobiosa, que dejó a su viuda, una profunda herida emocional, ya que lo que le dijo, era lo último que esperaba escuchar de Él.

Por supuesto, Ella sumida en dolor, ya sea por la pérdida o el mal trato, intentó buscar respuestas, investigo, pregunto y entrevisto a todas las personas que Ella consideraba que podrían, por medio de su mente zagas,  y la explicación de los “por qué”, de esas últimas palabras tan desafortunadas, qué hubiera podido haber detrás de ellas, que podría haber seguido en la vida de ambos, de haber permanecido Él, aún con vida

Así, Ella creyó haber encontrado las respuestas que quería, que empezó a vivir una segunda vida, con sus hallazgos, con su proceso de sanación emocional, y ya casi a la distancia de tres años, con toda certeza, ahora vemos las cosas diferentes, y hay nuevos desarrollos en la historia.

Que, si bien aún no tenemos todas las respuestas, podemos decidir qué hacer, como sentirnos y observarnos, desde diferentes perspectivas y ángulos, toda vez que ya no es posible negociar con lo inevitable, no hay opción más que avanzar, tirar para adelante.

Himno de la Concordia

En estas últimas dos semanas por distintas razones, he estado recordando más a mi amigo, recuerdo con especial cariño, una ocasión que ante una inesperada fuerte lluvia, yo estaba atrapado en un local de comida rápida, con mis hijos, y tenía que regresar a la oficina, pero había decidido salir caminando con ellos, entonces mi amigo acudió a nuestro auxilio, en su coche, para poder regresarnos de vuelta a la oficina, mientras que el sonido de las gotas golpeando el pavimento y la sensación de alivio cuando lo vi llegar, mojado pero con una sonrisa que disipaba el mal clima.

Ese fue sólo uno de los actos menores, pero de mucho valor que me hizo apreciarlo, y como esa situación, hubo muchas ocasiones que yo pude corresponderle, apoyándolo y viceversa, de manera regular.

En estas últimas dos noches, he soñado consecutivamente con mi amigo, no sé si es que Él ha encontrado la forma de comunicarse por medio de los sueños, conmigo, o bien hace ocho años estando en la cornisa, apunto de dejar este plano, en esta fecha, es que corresponde cerrar una serie de ciclos, entre los cuales, en los próximos 60 días, estoy preparándome para visitar a su viuda por primera vez, desde que Él partió.

En estos sueños, hemos platicado, nos hemos abrazado, nos hemos puesto al corriente, y quizá parte de la dinámica de estas apariciones oníricas, también me corresponde entregar un mensaje, en la forma de una canción, que comparto a continuación.

En este último sueño, lo sentí en paz, como si sus palabras no necesitaran más ser pronunciadas. Ya no era necesario el diálogo; ahora solo quedaba el agradecimiento y la calma de saber que nuestra amistad, aunque en otro plano, permanece intacta.

Aunque con el tiempo descubrí por contraste que muchas cosas que creí no eran reales o genuinas, también con el tiempo he descubierto que muchas otras, no sólo son auténticas, además, en mi propia experiencia, no admiten discusión, no hay sombra de duda alguna, por lo que alguien pudiera argumentar qué bien, o esto son desvariados de una trasnochada de verano, y sin embargo, no por eso, en la experiencia humana, vale mucho la pena compartir, mientras escucho tres veces el canto del gallo y después de analizar varias veces la canción antes compartida, evaluando: ¿He de compartir este artículo con la viuda de mi amigo, con todo el mundo, o con las personas que significaron y aún significan algo en mi vida?

Ahora que he compartido estos recuerdos, siento que no solo he honrado su memoria, sino también mi propia capacidad de aprender y crecer a través del duelo.

Tal como dice Calderón de la Barca, ‘la vida es sueño’, y en estos sueños seguimos encontrando las respuestas que buscamos.

Imaginado, soñado,escrito y corregido por: Jesus Armando Tapia Gallegos.

Edición de estilo general y correcciones menores con apoyo de ChatGPT 4º.

Kamsa y Bar Kamsa

Imagen generada por IA (ChatGPT + DALL·E), representando la escena de la expulsión de Bar Kamsa en el banquete, un momento crucial en la narrativa talmúdica que llevó a la destrucción del Segundo Templo de Jerusalén.

La historia de Kamsa y Bar Kamsa es una famosa narrativa dentro del Talmud, específicamente en el tratado Gittin 55b-56a. Esta historia se cuenta como una lección sobre los peligros del odio sin causa y la discordia interna, y es considerada por muchos como una de las causas de la destrucción del Segundo Templo de Jerusalén.

Resumen de la Historia

En Jerusalén vivía un hombre rico que organizó un gran banquete y decidió invitar a todos sus amigos. Entre los invitados debía estar Kamsa, un amigo cercano del anfitrión. Sin embargo, por error, el sirviente del hombre rico entregó la invitación a Bar Kamsa, quien era un enemigo del anfitrión.

Bar Kamsa, pensando que su presencia en la fiesta podría ser una señal de reconciliación, asistió al banquete. Sin embargo, cuando el anfitrión lo vio, se enfureció y le pidió que se fuera. Bar Kamsa, avergonzado, intentó apaciguar al anfitrión ofreciendo pagar por su comida, pero el anfitrión se negó. Luego ofreció pagar la mitad del banquete y finalmente incluso propuso pagar por todo el banquete, pero el anfitrión se mantuvo firme y lo echó del lugar, públicamente avergonzándolo.

Bar Kamsa, herido por la humillación, decidió vengarse. Sabía que los rabinos presentes en el banquete no habían intervenido para evitar su vergüenza, lo cual lo enfureció aún más. Bar Kamsa fue ante el emperador romano (según algunas versiones, ante Nerón o Vespasiano) y le dijo que los judíos estaban planeando rebelarse contra él. Para probarlo, sugirió enviar un sacrificio al Templo de Jerusalén y ver si los sacerdotes lo aceptaban.

El emperador aceptó la sugerencia y envió un becerro con Bar Kamsa. En el camino, Bar Kamsa hizo una pequeña herida en el animal, un defecto que lo haría inapropiado para el sacrificio según la ley judía. Al llegar al Templo, los sacerdotes se encontraron en una encrucijada: si sacrificaban el animal, violarían la ley, pero si no lo sacrificaban, enfurecerían al emperador.

Finalmente, los sacerdotes decidieron no sacrificar el animal, lo que llevó a Bar Kamsa a regresar al emperador con la noticia de que los judíos habían rechazado su sacrificio, lo cual fue visto como un acto de rebelión. Esto eventualmente llevó al emperador a enviar tropas a Jerusalén, lo que culminó en la destrucción del Segundo Templo.

Lecciones de la Historia

La historia de Kamsa y Bar Kamsa es vista como una lección poderosa sobre los efectos destructivos del odio infundado (en hebreo, «sinat jinam») y la discordia interna. La falta de compasión y la incapacidad de intervenir para prevenir la vergüenza de Bar Kamsa son vistas como ejemplos de cómo el conflicto interno entre los judíos contribuyó a su propia destrucción. Esta narrativa se menciona a menudo en los contextos de Tisha B’Av, el día de duelo que conmemora la destrucción del Primer y Segundo Templo de Jerusalén.

Imagen generada por IA (ChatGPT + DALL·E), mostrando la dramática destrucción del Segundo Templo de Jerusalén por las fuerzas romanas, un evento histórico de gran importancia en la tradición judía.